Os dejo mi primer trabajo que escribi hace un año:
Las cosas han cambiado algunas para bien y otras no tanto.
Recuerdo a mi madre en casa siempre lavando porque éramos muchos, no había esa máquina tan maravillosa como es la lavadora, los pocos ratos que podía disfrutar, solía salir a la calle para hablar con los vecinos, las puertas de las casas estaban siempre abiertas para todos, los vecinos eran como de la familia, siempre dispuestos a ayudarse entre todos.
Aquellos ratos que mi madre pasaba hablando en verano sentada en una hilera de sillas, silla que antes previamente había sacado de casa.
Antes recuerdo se hablaban, entre murmullos cuando alguien moría de cáncer, si preguntabas te contestaban simplemente de una enfermedad fea. Porque éramos demasiado pequeños para saber que pasaba, si te ponías pesado preguntando, la contestación siempre era la misma, “CUANDO SEAS MAYOR YA LO SABRÀS”.
Ahora las cosas han cambiando y muchas veces son los mayores, los que callan porque no se castiguen a los niños. Los abuelos, ese colectivo de personas siempre dispuestos a ayudar, olvidando que son ellos los que necesitan ayuda en las mayorías de los casos, a ellos que les ha tocado vivir la dura experiencia de una guerra. Y en algunos casos emigrar, dejando atrás no solo la tierra de nacimiento, sino la familia y el primer hogar, para poder crear raíces en un sitio desconocido.
Ante los cambios que produjo la guerra en las mujeres de la época, me viene a la memoria la directora de una escuela que afirmo que el cambio fue favorable para las mujeres: destaca una frase refiriéndose al decir que las mujeres ya no éramos objetos sino seres humanos, personas a la altura de los hombres. En pleno siglo XXI, esta afirmación no tendría la más mínima importancia.
Pero en la década de los 30 que una mujer fuera tratada como un ser humano, capaz de realizar un trabajo o intervenir en un dialogo masculino, era algo sorprendente.
Todas las mujeres que hoy lo recuerdan, sonríen llenas de orgullo.
Ahora las mujeres tienen más oportunidades, aunque en el mundo laboral sigan teniendo más influencia los hombres. A ellos cuando buscan empleo no se les preguntan si tienen hijos, pero a nosotras lo tenemos más complicado porque aparte de tener la suerte que para mí lo es, tener hijos. Las cosas se complican más aun si estos son pequeños.
Entonces solo tienen dos elecciones, conformarte con un trabajo que no te gusta ni llena de ninguna manera tus perspectivas laborables, pero que lo puedes adaptar a los horarios de tus hijos o quedarte en casa.
El maltrato que siempre ha existido, antes era algo normal, brutal que se sufría en silencio, las mujeres no tenían oportunidades para poder salir del hogar, los estudios eran en la mayoría de mujeres inexistente.

Ahora que soy mayor echo de menos la calle donde he pasado muchas horas jugando, de que mis hijos no tengan esa suerte de poder estar tranquilamente en la calle, de los valores y el respectó hacia los mayores, de esta sociedad que cada vez estamos destruyendo entre todos, de los días que ¿inevitablemente? las noticias nos ponen la piel de gallina, cuando otra mujer muere o está siendo maltratada.
¿De qué nos sirve el progreso, y poder disfrutar de la lavadora o de unas vacaciones, hasta cuándo tendremos de esperar para que cambien las cosas para las mujeres?
AHORA SOY MAYOR Y LO QUE SE, NO ME GUSTA.